Lunes, 30 de abril de 2012

 En días pasados el destacado escritor liberteño Saniel Lozano Alvarado fue condecorado merecidamente con la Medalla de la ciudad de Otuzco. A continuación publicamos una crónica al respecto escrita magistralmente por el mismo Dr. Lozano Alvarado:

OTUZCO, 151 AÑOS DESPUÉS…

Saniel E. Lozano Alvarado
Escritor y profesor universitario
[email protected]

                       

Es una mañana de sol esplendoroso y transparente en la ciudad andina. Las calles son un trajín incesante de gentes. Hay ajetreos, ansiedad y expectativa. El júbilo se desborda por toda la población. Es que la ciudad capital está celebrando un año más de su creación como provincia, y pronto debe empezar el desfile estudiantil y cívico. Los batallones de alumnos y agrupaciones institucionales ultiman sus preparativos. Es un acontecimiento febril, marcial y solemne de gallardía, sentimiento patrio, escoltas, pabellones, banderines y sones marciales de las bandas de música que animan el paso de niños y jóvenes bajo el aliento de sus profesores y el aplauso del público.

En recuerdo del histórico acontecimiento, se ha programado diversas actividades en los días previos, pero el miércoles 25 de abril es el imponente desfile. En la tribuna oficial, junto a las autoridades locales y regionales, están presentes los alcaldes de los diversos distritos, en clara demostración de integración como pocas veces se ve.

A la una de la tarde, la comitiva se dirige al auditorio Virgen de la Puerta, ubicado al costa del imponente santuario, cuyas piedras son un monumento a la fe, esfuerzo y tradición religiosa del pueblo otuzcano.  Me recibe jovial y alegre la simpática regidora July Soto Deza, infatigable en su tarea de Promoción del Libro por diversos pueblos de la provincia. En verdad, más que economista parece una maestra de vocación.

La sesión solemne se inicia con los himnos nacional y de la provincia. Yo movilizo y activo mis frescos recuerdos: el 2009, por invitación del alcalde Diómedes Veneros Ortecho,  integré el jurado calificador con el poeta y crítico Manuel Velásquez Rojas y con el eximio paradigma del reportaje y la entrevista,  Manuel Jesús Orbegozo. Entonces dimos como ganador al autor de la letra del himno a Elmer Encomenderos Dávalos; la música la compuso el maestro Teófilo Alvarez Alvarez; la entonó por primera vez, en abril del año siguiente, la soprano Martha Pérez.

En seguida se lee el texto de la ley promulgada el 25 de abril de 1860 por el Presidente Ramón Castilla, conforme a la cual se crea la provincia de Otuzco, que hasta entonces formaba parte del extenso territorio de Huamachuco. La norma legal señala que pertenecen a la nueva provincia los distritos de: Otuzco, Salpo, Usquil y Sinsicap.

Después viene la intervención del único orador central, el alcalde Helí Verde Rodríguez, un usquilano reelegido varias veces como alcalde de su distrito, quien expone un recuento de las principales obras que se vienen realizando bajo su gestión, así como  sus proyectos para todo el ámbito de la provincia. En realidad, no es un extraordinario orador; pero sí ordenado, persuasivo y convincente. No exhibe galanuras del lenguaje; pero maneja un léxico fluido, culto y correcto. No tiene la imagen del político tradicional, estentóreo y grandilocuente; más bien es pausado, sereno y sin aspavientos. Por la tarde me informé que es egresado del Instituto Superior Pedagógico “Nuestra Señora de la Asunción”.

Sigue la entonación de un canto de amor a la tierra y a la integración de los pueblos en la hermosa y emotiva canción “Mi tierra”, de Edgar Rodríguez Quipuscoa y la artística interpretración de Luis Kevin Cieza Pérez.

Como acto culminante de la ceremonia, se entregó la medalla de la ciudad a determinadas personas e instituciones: el doctor Sigifredo Orbegoso Venegas, rector de la Universidad César Vallejo; el profesor Alfredo Morillo Avalos, Teniente Alcalde en la gestión municipal anterior; en forma póstuma, el maestro, poeta y ex alcalde de la provincia, Fidel Horna Cortijo, autor de los inspirados y raigales “Nimbos” y “Ritmos huraños”; la Asociación “Vienen los Gutiérrez”, impulsora de la ya tradicional “Marathón de la fe”; y la Asociación “Los Nogales”. También se menciona a Teódulo Santos Cruz, profesor de la Universidad Nacional de Trujillo.

Cuando llegó mi turno, un intenso remesón interior recorrió mi espíritu por la vibración telúrica y raigal que me une a mis ancestros, así como a mis contemporáneos, que han dado y siguen dando lustre a la importante provincia. Cito algunos nombres:

Juan Alvarado, un honrado y progresista comerciante, bastante ligado a la agricultura en la hacienda Machaytambo, perteneciente a Carabamba, que antes formó parte del vasto distrito de Salpo (como también lo fueron  Mache y Julcán).  Con las ganancias de su honesto trabajo estableció un singular premio para el mejor alumno de cuarto año de la Escuela Nº 255 de Salpo, que consistía en la elevada suma de cien soles  (actualmente equivaldría a unos diez mil soles); no se premiaba al mejor alumno de la promoción, porque éste era becado para estudiar la Secundaria en Trujillo. Asimismo, el benefactor Juan Alvarado, con su propio peculio construyó la escuela de Otusco que con toda justicia lleva su nombre, ahora ampliado al coliseo de la respectiva institución educativa. Hombre público y de acción, fue también destacado diputado por la provincia.

El ingeniero Alberto Novoa Fernández, perteneciente a una distinguida familia, combinó sus observaciones del desfile de la imponente Antevíspera de la fiesta de la Virgen de las Mercedes, con el florido desfile con el que se iniciaba la estación de las flores en varias ciudades norteamericanas, donde cursó sus estudios superiores. De regreso a la patria, propuso sus ideas en el Club de Leones de Trujillo, y nació el Festival Internacional de la Primavera en los albores de la década del 50.

Teófilo Vergel Carranza fue un visionario de la naturaleza, la sociedad y el hombre. Contemplando el panorama del mar y la costa desde el pueblo serrano, a fines del siglo XIX, se vino a Trujillo, se conoció con Edmundo Haya, y juntos dieron inicio a la histórica aventura de la fundación del diario “La Industria”.

Juan Paredes Carbonell y Claudio Saya (Seud. de Claudio Edmundo Espejo Lizárraga) fueron distinguidos miembros del importante Grupo Literario “Trilce”. El escultor Isidro Gutiérrez, natural del caserío de Cochaya, se ha tornado célebre por conferir alma, fuerza vital y dimensión artísticas a los enormes bloques de piedra. Roberto Cava Noriega y su hijo Rodrigo, se distinguieron por una imaginación asombrosa y desbordante, con la que hilvanaron infinidad de relatos humorísticos, que  he recogido y recreado en mi exitoso libro “Cuentos de mi padrino y otras mentiras”.

Cito este puñado de nombres por su carácter ilustrativo, pues no son los únicos, sino que hay toda una estela de salpinos representativos (el ensayista Víctor Julio Ortecho, los magistrados Diómedes Rosario y Nelson Lozano, el físico nuclear Modesto Montoya) que han contribuido al desarrollo de mi provincia. Por eso la áurea Medalla, que me confirió la Municipalidad de Otuzco, la recibí ese día en representación de todos ellos, así como de todos mis paisanos, sin distinciones, sin discrímenes, sin marginaciones.


Tags: saniel lozano alvarado, literatura la libertad, medalla otuzco

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Lunes, 16 de abril de 2012

Por: César Galvez Mora

De: Suplemento Enfoque. Diario La Industria

15 de abril 2012


Durante mi visita al Parque Conmemorativo de la Paz, en Hiroshima, Japón, tres referentes me recordaron el trágico 6 de agosto de 1945, fecha en que una bomba atómica arrasó la ciudad y desapareció a 200 mil habitantes: el Memorial de la Paz d Hiroshima (Cúpula Genbaku)-sitio inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial en 1996-, que es el edificio más próximo al punto cero de deflagración, el Museo Conmemorativo de la Paz -uno de los lugares más conmovedores que he conocido en mi vida, por los testimonios gráficos, textuales, tridimensionales y fílmicos que transmiten la angustia y el impacto de la tragedia- y la estatua en honora a Sdako Sasaki, una inocente víctima de este hecho, quien es un ejemplo para la humanidad.

Sadako, nacida el 7 de enero de 1943, tenía dos años de edad cuando cayó la bomba en Hiroshima, y vivía cerca del puente de Misasa, a un kilómetro y medio del hipocentro de la explosión. Después de ese terrible acontecimiento, la niña desempeñaba sus actividades aparentemente con normalidad: no obstante un desmayo inesperado mientras hacia ejercicio en su escuela fue el preludio de una mala noticia: la pequeña Sadako era una víctima de la leucemia, enfermedad contraída como consecuencia de la radiación nuclear.

Durante su permanencia en el hospital, una amiga suya le refirió que, de acuerdo a una antigua tradición, la grulla (tsuru) vivia mil años y si una persona enferma confeccionaba mil grullas de papel los dioses podían concederla la mejoría. Este relato izo que Sadko se aferrar a esa creencia y venciendo las limitaciones de su delicada salud empezara diligentemente su tarea con la esperanza que ella y los niños del mundo ansiosos de salud y de paz lograrían su deseo. Sin embargo, la muerte física la sorprendió el 25 de octubre de 1955, cuando había hecho 644 grullas, utilizando todo papel que llegaba a sus manos.

Existe la versión que sus compañeros de escuela completaron la tarea pendiente y confeccionaron las 356 grullas restantes. Lo cierto es que ellos contribuyeron junto a otras personas a levantar el monumento dedicado a Sadako Sasaki, en pleno Parque Conmemorativo de la Paz. De esta manera, un hermoso monumento fue erigido en su memoria en 1958, con la inscripción "Este es nuestro grito, esta es nuestra plegaria, paz en el mundo".

El vuelo de la grulla

Cuando observé la escultura, casi al morir la tarde, me pareció ver a Sadako iniciando el vuelo con una grulla en la mano, trascendiendo la materialidad de esa obra de arte. Y alrededor del monumento millares de grullas de papel multicolor habían sido colgadas por gente de diversos lugares del mundo, como un mudo llamado a la paz y a la esperanza, lo cual sucede muy en especial el 6 de agosto de cada año, cuando se conmemora el Día de la Paz.

De esta manera, en el espacio abierto del parque hay dos expresiones distantes y diferentes que forman parte del mismo discurso en aras de la paz. De un lado la Cúpula Genbaku que resistió de manera increíble el episodio de destrucción del 6 de agosto de 1945 y -por consiguiente- encierra un valor simbólico excepcional porque se perenniza en el tiempo y, de otro, la escultura dedicada a Sadako Sasaki, la niña frágil que se eleva sobre esa tierra que una vez fue devastada, para hablarnos de la paz a todos los ciudadanos del mundo.

Mas allá del monumento discurrían apacibles las aguas del río Motoyastiga bajo cuyos puentes pasaban raudas embarcaciones a motor. Los árboles del parque se inclinaban como si millares de tsuru poblaran sus ramas. Súbitamente las grullas de papel parecían volar junto a Sadako, y se agitaban con el viento de la hora del crepúsculo desplegando olas multicolores.

A la hora de mi retorno a la residencia de becarios de Saijoo (Jica), las voces de los pequeños se hacían inaudibles, y una parte de mi propia niñez parecía haberse quedado en Hiroshima para siempre.


Tags: sadako hiroshima, cesar galvez mora, cupula genbaku