Lunes, 16 de abril de 2012

Por: César Galvez Mora

De: Suplemento Enfoque. Diario La Industria

15 de abril 2012


Durante mi visita al Parque Conmemorativo de la Paz, en Hiroshima, Japón, tres referentes me recordaron el trágico 6 de agosto de 1945, fecha en que una bomba atómica arrasó la ciudad y desapareció a 200 mil habitantes: el Memorial de la Paz d Hiroshima (Cúpula Genbaku)-sitio inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial en 1996-, que es el edificio más próximo al punto cero de deflagración, el Museo Conmemorativo de la Paz -uno de los lugares más conmovedores que he conocido en mi vida, por los testimonios gráficos, textuales, tridimensionales y fílmicos que transmiten la angustia y el impacto de la tragedia- y la estatua en honora a Sdako Sasaki, una inocente víctima de este hecho, quien es un ejemplo para la humanidad.

Sadako, nacida el 7 de enero de 1943, tenía dos años de edad cuando cayó la bomba en Hiroshima, y vivía cerca del puente de Misasa, a un kilómetro y medio del hipocentro de la explosión. Después de ese terrible acontecimiento, la niña desempeñaba sus actividades aparentemente con normalidad: no obstante un desmayo inesperado mientras hacia ejercicio en su escuela fue el preludio de una mala noticia: la pequeña Sadako era una víctima de la leucemia, enfermedad contraída como consecuencia de la radiación nuclear.

Durante su permanencia en el hospital, una amiga suya le refirió que, de acuerdo a una antigua tradición, la grulla (tsuru) vivia mil años y si una persona enferma confeccionaba mil grullas de papel los dioses podían concederla la mejoría. Este relato izo que Sadko se aferrar a esa creencia y venciendo las limitaciones de su delicada salud empezara diligentemente su tarea con la esperanza que ella y los niños del mundo ansiosos de salud y de paz lograrían su deseo. Sin embargo, la muerte física la sorprendió el 25 de octubre de 1955, cuando había hecho 644 grullas, utilizando todo papel que llegaba a sus manos.

Existe la versión que sus compañeros de escuela completaron la tarea pendiente y confeccionaron las 356 grullas restantes. Lo cierto es que ellos contribuyeron junto a otras personas a levantar el monumento dedicado a Sadako Sasaki, en pleno Parque Conmemorativo de la Paz. De esta manera, un hermoso monumento fue erigido en su memoria en 1958, con la inscripción "Este es nuestro grito, esta es nuestra plegaria, paz en el mundo".

El vuelo de la grulla

Cuando observé la escultura, casi al morir la tarde, me pareció ver a Sadako iniciando el vuelo con una grulla en la mano, trascendiendo la materialidad de esa obra de arte. Y alrededor del monumento millares de grullas de papel multicolor habían sido colgadas por gente de diversos lugares del mundo, como un mudo llamado a la paz y a la esperanza, lo cual sucede muy en especial el 6 de agosto de cada año, cuando se conmemora el Día de la Paz.

De esta manera, en el espacio abierto del parque hay dos expresiones distantes y diferentes que forman parte del mismo discurso en aras de la paz. De un lado la Cúpula Genbaku que resistió de manera increíble el episodio de destrucción del 6 de agosto de 1945 y -por consiguiente- encierra un valor simbólico excepcional porque se perenniza en el tiempo y, de otro, la escultura dedicada a Sadako Sasaki, la niña frágil que se eleva sobre esa tierra que una vez fue devastada, para hablarnos de la paz a todos los ciudadanos del mundo.

Mas allá del monumento discurrían apacibles las aguas del río Motoyastiga bajo cuyos puentes pasaban raudas embarcaciones a motor. Los árboles del parque se inclinaban como si millares de tsuru poblaran sus ramas. Súbitamente las grullas de papel parecían volar junto a Sadako, y se agitaban con el viento de la hora del crepúsculo desplegando olas multicolores.

A la hora de mi retorno a la residencia de becarios de Saijoo (Jica), las voces de los pequeños se hacían inaudibles, y una parte de mi propia niñez parecía haberse quedado en Hiroshima para siempre.


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