Domingo, 24 de agosto de 2008



Giacommo Puccini ( 1858 - 1924 )



Por: Federico Monjeau
( de
www.elclarin.com )


El 22 de diciembre se cumplirán los 150 años del nacimiento de Giacomo Puccini, aunque para el mundo de la ópera un Año Puccini no podría ser muy distinto de otros años; sus óperas, como las de Verdi, se representan en todos los teatros del mundo todo el tiempo.

Puccini tiene  la cualidad de un radio de acción excepcional. El público más conservador lo considera el último gran compositor lírico, aunque el hechizo pucciniano trasciende el círculo de la gran familia de la ópera. Como prueba de ello podría citarse un ejemplo cercano: el ascético homenaje que el compositor argentino Mariano Etkin (un autor que nunca compuso ópera, ni siquiera canciones) rinde al músico italiano en su maravilloso trío de cuerdas Recóndita armonía, inspirado a la distancia en el aria homónima de Cavaradossi, de Tosca.

Puccini murió el 29 de noviembre de 1924, y hasta ese día conservó entre sus papeles el boleto del estreno del Pierrot Lunaire de Arnold Schoenberg que había tenido lugar diez años antes en Florencia. Puccini nunca ocultó su admiración por la radical formulación schoenberguiana, con su novedad del sprechgesang (canto hablado) y de su forma en general.

El músico italiano vivió en una época de cambios y revoluciones, y su música sería impensable sin la experiencia del impresionismo francés. Pero sus obras transcurren en un tiempo propio. Son modernas, y al mismo tiempo están completamente sumergidas en la tradición lírica del siglo XIX. Kurt Pahlen las definió con sutileza: "No hay en ellas el resplandor de un sol naciente. Las ilumina, sí, un tenue brillo, pero es la melancólica luz del atardecer". Por su lado, Puccini se definía a sí mismo como un ser otoñal: "Así nací, melancólico como Lucca, mi ciudad natal, encerrada en la soledad de sus murallas fortificadas. También soy otoñal de nacimiento: el otoño es la estación del año que más me agrada. El paisaje otoñal, los campos yermos... allí me encuentro a mí mismo y me siento dueño de mi hacer."

"Verismo" fue el nombre que el naturalismo asumió en la ópera italiana. No es algo que los italianos inventaron de un día para el otro, desde luego, aunque seguramente tiene su origen en La traviata de Verdi, la ópera que abandona los grandes temas históricos por la vida "al natural". Ese es el punto de partida de Puccini: el naturalismo intimista, la vida de buhardilla (La Bohème), aunque el músico no fue más afecto al naturalismo que a lo exótico, y esto último proporcionó a su obra un elemento de renovación fundamental.

Madama Butterfly transcurre en el Japón, Turandot en China y La Fanciulla del West en el oeste americano, y todo eso se oye en la música. El Japón constituye el paisaje tal vez más memorable, con esa trágica historia de ilusión y desengaño que una geisha de Nagasaki vive con un oficial estadounidense. Puede pensarse que la ambientación japonesa de Madama Butterfly no es una dimensión superficial o una mera concesión al exotismo de la época, y que la idea o la forma plana de la estampa japonesa pudo cuajar en esta obra más allá de la caracterización de los personajes, de las escalas pentatónicas y de las alusiones tímbricas a la música del Japón.

En principio, Madama Butterfly no presenta los conflictos de la ópera italiana tradicional (o de su propia Tosca). Butterfly tiene, en efecto, una forma apaisada; transcurre como una gran aria que nos envuelve del principio al fin. En rigor, tiene una única aria propiamente dicha: Un bel di vedremo, en la que Cio-cio-san imagina lo imposible, la vuelta de su amado Pinkerton.

El hechizo pucciniano no sólo radica en la belleza incomparable de sus arias sino en la poderosa integración de una forma que transcurre casi mágicamente entre el recitativo y el arioso, y que rompe con división en números de la ópera tradicional sin abandonar jamás la forma lírica.


Tags: Giacommo Puccini, Puccini, Opera, 150 años de Puccini

Publicado por Trujilloarteycultura @ 12:42 PM  | M?SICA
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